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De Quimeras y Ensoñaciones

Alas rotas de mariposa

Las manos le empezaron a temblar mientras sujetaba el vaso lleno de zumo de naranjas, para mitigar aquel movimiento buscó otro punto de apoyo, sus labios, acercó el borde del cristal a su boca y bebió a pequeños sorbos el anaranjado líquido. El vaso parecía haber recuperado algo de estabilidad. Ya no temblaba tanto en sus manos. Su primer maná de la mañana. Naranjas recién exprimidas. Le había echado una cucharada de azúcar y un chorrito de miel de la Alcarria, comprada a un vendedor ambulante que iba de puerta en puerta. El zumo sin edulcorar no le gustaba, estaba agrio y fuerte y ella siempre había sido la persona más golosa del mundo. Y dulce. Azucarada. Honey. Melosa y mimosa.
Cuando retiró el vaso de sus labios, las manos volvieron a temblar. Lo depositó sobre la mesa y extendió sus dedos, mirándolos. Allí estaban, delante de sus ojos, con un memeíto rítmico y acompasado, eso la enfureció aun más. Entrecruzó los dedos y se dijo a sí misma que eso debía terminar.

Siempre que soñaba con mariposas su sueño se hacía pesadilla y arrastraba su fobia más allá de los límites que su realidad podía controlar. Demasiado patético. Más que miedo, era pavor, pánico, parálisis, una atonía plena de todos sus centros vitales, de su capacidad racional y de su intelecto.

Recordaba aquel día, con seis años, cuando empezó su miedo, ella jugaba en el jardín y su hermano perseguía insectos. Atrapó una mariposa blanca moteada con ribetes negros y muy ufano por la hazaña se sentó frente a ella y se la mostró, agarrándola por las alas, con sus dedos pequeños. María sonreía divertida. Era muy bonita y ella también quería tenerla, alargó su mano para cogerla, pero su hermano la retiró y en ese movimiento brusco, dos de sus cuatro alas se desgajaron de su cuerpo y quedaron aprisionadas entre los dedos de la mano del muchacho.

-¡Mira lo que has hecho¡ ¡Mira lo que has hecho¡ - le gritó- por tu culpa le he arrancado las alas. Ahora ya no me sirve para la colección que quería empezar. Toma, ¡Quédatela!.

Se la arrojó a la cara y se alejó a seguir persiguiendo juegos.

María notó el suave roce de unas patitas sobre su rostro y un aleteo blando y blanco y se asustó. Chilló. El insecto, sin poder volar, se había sujetado sobre su sonrosada mejilla y ella daba palmadas al aire para librarse de aquella cosa, que de ser bonita había pasado a ser una amenaza. Cuando logró zafarse del molesto bicho, aliviada, contempló como caía al suelo girando, con sólo un par de alas en su cuerpo, cual si formase parte de un remolino en descenso. Se alejó de ella dos pasos, pero al contemplar que permanecía inmóvil, indefensa, desarmada, volvió a acercarse y súbitamente la aplastó con su pie. Luego se quitó los zapatos y los arrojó lejos.

Hoy, después de veinte años, su fobia a las mariposas estaba grabada a sangre y fuego en sus sueños, en su vida. Hacía meses que no había sufrido un ataque como el de hoy, y estaba decidida a no volver a sufrirlo.

Cuando entró en el museo de Ciencias Naturales, preguntó por la sección de los lepidópteros y allá las vio. Detrás de una urna de cristal, clavadas con alfileres, con sus alas extendidas, una amplia colección de un muestrario heterogéneo y dispar, con un cartelito debajo glosando su nombre científico en latín. Y allí estaba ella. Su mariposa blanca aplastada bajo su zapato. La miraba desde dentro del cristal y sintió sus patitas arañando sus mejillas. Y sintió sus manos temblar y un sudor frio que le corría por la espalda y sus pies anclados al suelo que la impedían huir, y el insecto que se vengaba de ella, que se escurría sanguinolento bajo su zapato y trepaba por debajo de su pantalón, impelido por tan solo un par de alas, subiendo hacia arriba, clavando sus patitas cual garfios en su piel , rasgándola, y María soportaba aquel dolor imaginario por expiación al delito cometido hacía veinte años. Y ya la sentía trepar por su muslo y la sangre del artrópodo traspasar sus vaqueros y anegarlos con una mancha granate inventada por su febril imaginación. Apretó los dientes, apretó los labios, y cerró los ojos para no ver la sangre, pero no pudo cerrar los oídos al goteo de la sangre sobre el entarimado de madera. La notó subir hasta su cadera, llegar a la cintura, golpeando la corteza de su figura con aleteos de moribundo, sintiendo fluir un liquido por su epidermis, sangre de mariposa que en un hilillo manaba sobre su piel ensuciándola, ¿ó era acaso su propia sangre la que corría?.
Ahora la sentía dando vueltas y vueltas en torno a su cintura, como aquella vez, cuando, desde su cara, caía al suelo girando sin la parte más apreciable de su anatomía, un par de sus alas. Y seguía dando y dando vueltas en torno a su cintura, chorreando hilillos de resentimiento y venganza.

- ¿Qué quieres? ¿Qué quieres de mí? – le dijo en un susurro a su locura – Acaso…, acaso…, ¿La libertad?

Sus manos desabotonaron la camisa a la altura de su cintura y un precioso insecto revoloteó hasta sus mejillas, clavó sus patitas en ella y siguió subiendo, escalando. María cerró sus ojos cuando la sintió anclada al borde de sus pestañas y luego un ruidito, la trompa de la mariposa desenrollándose y metiéndose por debajo de su párpado, palpando su pupila …

… Cayó al suelo sin sentido.

Cuando salía del centro de salud, creyó oir una voz que la llamaba desde detrás del seto de aligustres. Se asomó. Allí estaba de nuevo su mariposa, pero esta vez era real, tenía los dos pares de alas intactas y se estaba debatiendo entre la maraña que formaban los hilos de una trampa perfecta, de una inmensa tela de araña. Pensó en huir, dio dos pasos hacia atrás, como aquel día, pero al verla allí, indefensa, desarmada, víctima, se acercó y súbitamente rompió aquella fina tela, con cuidado deshizo el enredo y la mariposa quedo libre, revoloteó un par de veces en torno de su excarceladora, como si estuviese dándole las gracias, María la sonrió, y se fue alejando con aleteos zigzageantes, hasta desaparecer.
Había dejado de tener fobia a las mariposas.

Cuando intentó desembarazares de los restos de tela de araña pegados en sus dedos, notó unas patitas correteando por ellas y fue cuando la vio, una pataslargas subía por su brazo, escapando de un peligro inminente. María se la sacudió de encima con un manotazo y la vio corretear por el suelo a marchas forzadas. Al pasar junto a su pie, ella lo levantó para dejarlo seguidamente caer con fuerza.

Ahora , María le tiene fobia a las arañas.

7 comentarios

sunny -

me encanto tu historia
aunquee tuve una sensacion horrible al leerlo, al imaginarlo, odio a las mariposas!

maria virginia -

las mariposas son el peor bicho q ahy en la tierra las detesto!!!

Danella -

Las mariposas representan el terror más grande de mi vida. Al ver una se me hiela el cuerpo y cierro los ojos, llorando, corro a cualquier lado me vuelvo loca, en ocasiones me paralizo. Me descontrolo. La razón por la cual les tengo miedo es estos insectos no la sé, me gustaría terminar con ese miedo pero me resulta imposible. Espero algún día lograrlo.
Danella.

lorena -

Pienso que no hay un bicho más feo que las mariposas, hasta me cuesta escribir su nombre, yo se lo que es hacer los ridículos más increíbles,abandonar un curso universitario, llorar, desmayarme, y sobre todo sentir la burla de la gente que me ha visto y que no comprende lo que es tenerle miedo algo, para mi es muy triste porque yo no quisiera que fuera así, pero simplemente cuando veo una no me puedo controlar.

BRENDA -

SON HORRIBLES LAS MARIPOSAS!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!
MUCHA FOBIAA

Mavi -

Esta muy buena la historia...
Yo no se xq pero les tengo terror a esos bichitos aunque reconozco q si son lindos...

Beso!

white -

me encanta tu versatilidad con los temas, cada relato es un mundo diferente